El escritor leonés Jesús Torbado recorrió los caminos de la llamada Ruta de la Plata. De ese viaje quedaron sus impresiones recogidas en un hermoso libro ilustrado, "Camino de plata". En esta primera entrega recorremos con él Astorga y la Maragatería con el tren como columna vertebral.

En 1969, el escritor leonés Jesús Torbado, publicó un hermoso libro de viajes, Tierra mal bautizada. Un viaje por Tierra de Campos. En él dejó rotunda prueba de su maestría en el ejercicio de la literatura viajera. A finales de los ochenta, junto a otros escritores, participó en la publicación de una serie de pequeños volúmenes ilustrados que promovería y editaría Renfe ("Los libros del tren" era el título genérico) y de uno de los cuales di cuenta en este blog hace algunos meses: el recorrido de Caballero Bonald por los pueblos blancos de la provincia gaditana. Torbado participó de la colección con un librito titulado Camino de plata. Ni que decir tiene que en él, tal y como se recoge en el mapa que ilustra el volumen y que aquí reproduzco, nos narra su peripecia por ciudades y pueblos, visitados en la década de los ochenta (en la que, no lo olvidemos, no existía el AVE y el viaje en tren se acercaba a lo que era el viaje en décadas anteriores), de la bien llamada "ruta de la plata". De Astorga a Mérida, el escritor da cuenta de sus encuentros, visitas y observaciones de paisajes, de edificios, de estaciones e infraestructuras ferroviarias en entornos tan atractivos como Salamanca y sus pueblos y sus campos, Cáceres, especialmente la ciudad de Mérida, Zamora o Benavente y otros rincones a la orilla del Duero.



En Astorga, Torbado camina por las instalaciones de la vieja estación, recuerda otros tiempos, busca la raíz de productos tan populares como los mantecados o el origen de un oficio desaparecido, las "carbonilleras" que solían frecuentar la estación. El escritor ha salido al camino al amanecer, se hace nombrar peregrino y nos dice por qué llama "camino de plata" al itinerario que acomete: "Se reunían las caravanas de los primeros arrieros maragatos, cuando todavía no se les conocía por tales, tal vez en esta misma explanada de la estación de San Andrés, […] y emprendían penoso viaje por la carretera XXIV hacia el sur".



Torbado se deja cautivar por la memoria, nos habla de la vieja estación en decadencia, de sus edificios abandonados, no cuenta que en ella "crecen yerbajos amarillos entre los raíles oxidados. Los grandes depósitos de agua construidos en piedra son albergues de pájaros furiosos" mientras que la visión de la nueva le hace afirmar que es "pulcra, sosegada como la ciudad misma, pacífica en su soledad y silencio". Pasea la ciudad, se rinde ante el palacio de Gaudí (convertido en Museo de los Caminos) y ante el monumento en piedra de la catedral, se informa del trasiego de mercancías que dominó históricamente en la Ruta de la Plata ("madera de chopo de La Bañeza para Utiel, cereales de Piedrahita, abonos para Pobladura, remolacha, azúcar en sacos, combustibles, buenas legumbres de las vegas del Órbigo…"), se apena por la desaparición, entre Astorga y Plasencia, de los trenes de viajeros y se deja cautivar por el poder evocador de los viejos comercios de la ciudad vieja, desde el comercio denominado La Fábrica hasta el modesto restaurante de nombre La peseta.



Pero el viajero tiene "sed de caminos" y no tarda en dejar la ciudad para internarse por tierras maragatas. Nos lleva hasta Las Médulas, "a más de quince leguas al oeste" y nos describe su paisaje sin eludir la dramática historia que respira tras su belleza extraña: "Montañas de arcilla cambiadas de lugar por los esclavos y el agua, montañas de tierra rojiza que asoman ahora sus crestas patéticas sobre un dulce paisaje de castaños; tierra magullada y perdida". Visita la laguna de Carucedo, alude a leyendas misteriosas, como la que habla de la existencia, en el fondo de la laguna, de una "fantástica ciudad llamada Lucerna" en la que cundió el pecado como en Sodoma y a la que el comportamiento de sus habitantes condenó a una riada impulsada por un Jesucristo cruel y vengativo. Leyendas que adoptan distintas formas, que protagonizan gentes de todo tiempo y lugar en los aledaños de la provincia de Lugo, allá por el camino de Santiago, más arriba de la Maragatería, que nacen y maduran en El Bierzo y a las que no es ajena la peripecia de la línea del ferrocarril Plasencia-Astorga, vista, en el tiempo de su fundación, como el símbolo de la devastación de la tranquilidad y de la naturaleza. Torbado reproduce unos versos de Joaquín Barco, publicados en el periódico zamorano La Opinión,  en los que se reflejaba aquella desconfianza:


"Al grito de ¡Adelante! El duro hierro

arrasa campos y destruye iglesias

y el fuego del vapor, que nos abrasa,

se lleva tras de sí nuestras creencias".

 

Torbado visita Castrillo de los Polvazares, pueblo restaurado y convertido casi en una calle mayor rodeada de restaurantes ("allí suelen servir, previa petición, el renombrado cocido, que es comida próxima a la monstruosidad e inventada en el Paleolítico", escribe), y de Castrillo pasa por otros pueblos que "están mustios y soportan apenas sus ruinas", como Val de San Lorenzo o Santa Colomba de Somoza: telares, artesanías de lana, que sobreviven a la sombra del monte Taleno. El peregrino, que vaga orgulloso por esos montes, conjura el peligro de alejarse del "camino de la plata", por lo que "tira más hacia el Sur, dejando estos montes y la Maragatería a la derecha". Va al encuentro de la carretera de asfalto por la que, junto a vías de hierro y calzada romana los viajeros descienden hacia los páramos que preceden a la siguiente "estación" del camino iniciado: Zamora. Pero ese viaje lo compartiremos en una nueva entrega. Hasta pronto.