Edificio consistorial / Tomelloso
Edificio consistorial / Tomelloso
Viajamos al Tomelloso de los años cincuenta y primeros sesenta de la mano del poeta, oriundo de esa ciudad, Eladio Cabañero, a través de su libro "Recordatorio".
A casi 200 kilómetros al sur de Madrid, un pueblo grande, vivo, guarda el recuerdo de un gran poeta, hoy prácticamente olvidado. Me refiero a Eladio Cabañero (1930-2000), poeta de la Generación del Medio Siglo no siempre integrado en las antologías de la época. El pueblo, más bien ciudad, se llama Tomelloso. Sus calles, sus viejas casas, sus eternas solanas y sus no menos eternas iglesias, sus tierras de labor y sus caminos, son el telón de fondo de su poesía, pero de manera muy especial de su segundo libro, Recordatorio. Leer sus poemas es viajar en el tiempo y en el espacio, reconciliarnos con un mundo desaparecido en el que, para el poeta adolescente, en formación,  todo era nuevo y maravilloso. Nos adentramos en el pueblo que, en la juventud, Eladio, como tantos otros protagonistas de la emigración interior, dejó atrás. Eran los años cincuenta, comenzaban los sesenta,  y Eladio nos cuenta su marcha en un emocionante poema, "Castilla 1960": "Poco era el silencio. Aún bastaba / distraer los oídos, ser la vida. / la carretera hacia Madrid, viajeros / en aquel autobús…  Se oía la radio: / una jota de ha tiempo, castellana". 


Viajamos con él hacia un Madrid de aluvión y extrarradios ocupado por el masivo chabolismo de su industrialización. Pero el viaje esencial, el que nos interesa, es el que el lector puede hacer, en las páginas de Recordatorio, al Tomelloso que queda atrás. Ese es el trasfondo del título: evocar, impedir que el olvido acabe para siempre con la memoria de los lugares de la infancia. Y esa es  la función que los poemas desempeñan. Eladio nos lleva por las calles que vivió de niño, aviva escenarios desaparecidos y nos conmueve con la evocación de un mudo que no volverá y que por fortuna se avivará de nuevo cada vez que alguien lea un poema de este libro: es en  el titulado "Antes, cuando la infancia" donde nos reencontraremos con "aquellas calles largas con carros y viñeros", o con la barbería con "aquellos frascos / llenos de sanguijuelas coleantes",  con "las uvas, las espigas, la Glorieta, / la feria, el corralazo de los títeres…". "¿Era aquel Tomelloso? / ¿Era yo aquel, aquel de por  entonces? / No me recuerdo bien. No tengo pruebas". Cabañero se interroga y se responde, mira al pasado y constata que todo se lo llevaron los años y acaso siente que, en el fondo, el poema que escribe, lo salvará de la muerte.





Joyce
tuvo su Dublín, Kafka, Praga, Machado, Soria… Y Eladio, este pueblo manchego en el que  creció Félix Grande y en el que Plinio, el policía detective de Francisco García Pavón, otro hijo de Tomelloso, ejerció su labor sin desmerecerla al lado de la de los más famosos detectives de la novela negra norteamericana, francesa o británica.  Pero volvamos a Eladio y viajemos al corazón de su poesía, a visitar los parajes de Recordatorio y, sobre todo, del poema al que antes nos referíamos. Situémonos en la posguerra, en un tiempo oscuro, marcado por la represión, los silencios y la más devastadora privación de todo gozo. Y, evoquemos, con el poeta, el momento de la melancolía, del recuerdo de los buenos tiempos republicanos, cuando los mayores se "embromaban"  en la época de la vendimia: "Eran caras alegres como nunca haya visto. / Era antes de la guerra y yo tenía / de cuatro a cinco años", escribe Eladio. Es el preámbulo del más duro viaje, el que convertirá aquellos recuerdos en el reino de la felicidad que no regresa, cuando la llamada paz acabó imponiéndose proyectando su sombra en las calles de Tomelloso: 


"El cielo no volvió ni fue ya claro.
La gente se hizo dura, 
y a los niños dejaron de querernos. 
Y nosotros, mis primos, mis amigos, 
no volvimos tampoco de la guerra:
de repente crecimos, fuimos otros,
nos perdimos igual que se perdieron
de vista, hacia el Oeste, tantas cosas".


Eladio nos lleva con sus poemas al campo a contemplar el paso de los trenes que llevaban viajeros desconocidos que se dirigían a remotos lugares ("Era que a dos kilómetros pasaban / muchos desconocidos en los trenes", dice en uno de los poemas), a sarmentar las viñas, a visitar la habitación de la infancia en la casa del abuelo, a "los días con bombillas que se apagan", a las fiestas llenas de ausencias, de huecos, a saborear el pan, ese pan recién horneado en el que, en aquel tiempo, el hombre parecía simbolizar la felicidad absoluta (era el tiempo del hambre) "porque el pan es el mejor recibimiento / cuando los que queremos llegan a nuestra casa".





Eladio Cabañero, caminador y caminante por las sendas que, entre trigales y viñedos, se pierden en la llanura manchega. El bueno de Eladio pisando el vino cuando era niño, haciendo de albañil cuando era joven, llenando con su presencia los sombríos portalones del verano del pueblo manchego, Eladio mostrándonos, en el corral, las herramientas desaparecidas ejerciendo en el poema una labor de antropología rural, tan necesaria hoy que la memoria se aturulla o difumina con tanta oferta digital: "en el corral se ven los carros, los aperos: / azadas, rejas, tozas, alas de vertedera, estevas, / gradas, envainas, destrales y hocinos", un muestrario de herramientas hoy desconocidas como desconocidas son las palabras de ese castellano recio en el que todavía es posible respirar un fondo de aromas a hierba segada y a paja, a tierra húmeda y a campo vencido por el atardecer.


Recordatorio es, sin duda, el paseo por la memoria de quien ha tiempo que dejó el pueblo, la patria originaria. Y es el lugar al que viajar cuando necesitamos sentirnos acariciados por los aromas de una ciudad manchega varada en una época perdida. Y siempre recobrada a través del poema.