"El Duratón se abisma serpenteando, al noroeste de Sepúlveda, en sus hoces hondas"
"El Duratón se abisma serpenteando, al noroeste de Sepúlveda, en sus hoces hondas"

Con Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, 1912 - Madrid, 1975), nos adentramos en las tierras de la provincia de Segovia. Era al final de la década de los setenta y el poeta escribía "Segovia".

Un buen día, Dionisio Ridruejo decidió radiografiar la región que en aquellos años sesenta era denominada Castilla la Vieja. Y escribió un monumento literario en  dos volúmenes, cada uno dedicado a tres provincias en cada uno. Lo tituló Guía de Castilla la Vieja y fue la última obra que publicó en vida. En él nos contó sus viajes por las ciudades de un microcosmos con profundas raíces en la Historia. El libro completo fue editado en 1973-74 y desde entonces, pese a su enorme calidad (y no menos enorme utilidad) y salvo una edición en bolsillo en 6 volúmenes de principios de los ochenta, no ha sido reeditado en los últimos treinta años. Fue Javier Santillán, director del sello Gadir, quien en 2012, año conmemorativo del nacimiento de Ridruejo, recogió su legado viajero por tierras castellanas y lo recuperó otorgando una nueva vida a los seis tomos que aparecieron en los ochenta acompañándolos con magníficas fotografías tomadas por él mismo. Inició la aventura publicando Segovia (Gadir, Madrid, 2012). Una aventura que tiene como objetivo publicar todos, recuperar la mirada de Ridruejo sobre las seis provincias.  
 
 
El poeta, escritor y político nacido en Burgo de Osma viajó por tierras segovianas con sus amigos el narrador Juan Benet, el urbanista Fernando Chueca Goitia y Fernando González Olivares. De su peripecia tomó notas de todo género y a la hora de trasladarlas al libro tuvo en cuenta algo que no todos los escritores viajeros toman en consideración: datos estadísticos, descripción integral de ciudades y pueblos comenzando por el acercamiento a sus variables económicas. Gracias a Ridruejo sabemos el peso que tenía la industria en la Segovia de aquellos años, la superficie cultivada, el peso del comercio o la renta per cápita, algo que el editor, con inteligencia, ha contrastado a pie de página con la situación actual.
Pero lo que nos interesa es el viaje, viajar con su palabra. 
 
Comienza su itinerario tras abandonar Soria: “Saliendo de Soria dejamos al este las sierras de Cabrera y de Pela, desgajando de Sierra Ministra el primer tramo de la Cordillera Carpetana o Sistema Central divisorio” Y evoluciona siguiendo una ruta que nos llevará, en la primera parte del libro, a las tierras de Ayllón y Riaza, tierra fronteriza con la patria literaria de Antonio Machado. Ridruejo es caminante amigo del detalle, y detiene la mirada en su plaza —“irregular, como de mercado, y sus tramos de soportales son de una gracia insuperable”, escribe—, o en el románico transicional de la iglesia de San Miguel o en el precario resto que queda de lo que fuera castillo: “una torre cuadrada algo maltrecha a la que llaman Martina”. Cruza el puente sobre el río Aquisejo, antes Ayllón, y después de algunas visitas a recintos menos relevantes, vuelve al camino para adentrarse en la “serrezuela que ocupa el rincón provincial del norte”. Allí, nos cuenta, se funde el término municipal de Ayllón con la comarca de Riaza y un mundo rural en declive se muestra en algunos pequeños pueblos, casi aldeas, de nombre más que evocador: Aldealengua de Santa María, Honrubia de la Cuesta y Montejo de la Vega. Pueblos de piedra y arcilla perdidos décadas atrás, cuyos habitantes han visto menguada sus posibilidades de permanecer  (son los primeros años setenta, tiempo de migraciones interiores, de incertidumbres y despedidas, tiempo aún de dictadura) y crecidas las de huir a la gran ciudad. 
 
 
Riaza es villa veraneante, la más conocida quizá de la comarca, que le sirve a Ridruejo como puerta de paso (“Gran parte del camino discurre entre robledales y monte bajo que dan la impresión de ser buen cazadero”) a la ciudad centenaria de Sepúlveda, vigía de roca y tiempo sobre uno de los espacios naturales más singulares de la provincia: las Hoces del río Duratón, “que es río viejo, no solo como cauce de nieve derretida sino como orilla de la vida humana”. Pero antes de descender al río, Ridruejo entra en la ciudad, sube la cuesta que lleva a un casco antiguo lleno de resonancias medievales, con castillo e iglesias varias (la de San Bartolomé mantiene su pórtico románico), con edificios de recios balconajes y escudos nobiliarios, y con calles empedradas donde todavía resuenan los ecos de siglos anteriores. La visita del poeta a Sepúlveda se centra sobre todo en un templo: la iglesia de El Salvador, un románico impecable, bellísimo, que “está en lo alto, destacándose, desde el plinto a la torre,  sobre el caserío”. Es algo así como el gran vigía de Sepúlveda. 
 
 
 
 
 
El Duratón, sus hoces, sus cuevas propicias al buitre y a otras aves rapaces, sus curvas imponentes, su sotobosque, la pequeña iglesia de San Frutos, que se asoma al cañon conmemorando, hasta el fin de los siglos (San Frutos, nos cuenta Ridruejo “hizo vida de eremita a finales del siglo VIII en compañía de sus hermanos Valentín y Engracia”). Del valle y de su río, el autor de esta peculiar guía de viaje nos lleva a Pedraza tomando la carretera que, saliendo de Sepúlveda, “va hacia el sur, apuntando a la sierra y, a los diez kilómetros, a una meseta”. En la meseta aguardan pueblecitos como Villafranca, Valdesaz, Las Nava, Torrecilla y el “Condado de Castilnovo, con el castillo mejor conservado de la región”.   
 
   
 
En Pedraza, una auténtica ceremonia de la piedra y de la edificación medieval, cerraremos este primer recorrido por el libro de Ridruejo. Cuando él la visita, la sensación que nos transmite no puede ser más desoladora: “Las ruinas abren mellas en las calles. Muchas casonas nobles y las más de las casas populares se ven abandonadas. La sensación de soledad llega a ser impresionante”, escribe. El románico “muy puro” de la torre de su iglesia, la fortaleza y el buen estado de los muros del castillo en contraste con la ruina de su interior (sabemos que a principios del siglo XX lo compró el pintor Ignacio Zuloaga por 12,000 pesetas) y el tamiz de modernización que el autor advierte en el barrio bajo de Pedraza, denominado Velilla de Pedraza, donde no pocos madrileños han ido comprando casas para el fin de semana, son los rasgos más destacados que nos describe. 
 
Después, dejaremos, con él, el río Cega (“en el trozo de su vega algunas frondas contrastan alegremente con el enorme secarral”) y nos encaminaremos hacia la sierra o “serrezuela”. Nos aguardan puertos de montaña: el de Navafría que lleva a la vertiente sur de la cordillera, al valle del Lozoya, que el poeta no subirá para seguir avanzando hasta la capital de la provincia: Segovia. Con los bosques inmensos que suben ladera arriba a la izquierda y con una “plenillanura” a la derecha, habrá dejado atrás arroyos como El Chorro, el Viejo, el Gargantilla, y los pueblos de Torre Val, Collado Hermoso, Sotosalbos, Otero….  Y habrá entrado, tras cruzar el Eresma, en el segoviano barrio de San Lorenzo. De Segovia capital y del resto de sus ciudades y campos escribiremos en otra entrega de Letras Viajeras. El viaje de Ridruejo es largo, detallado y apasionante. Ahí seguiremos.