Afueras de Sao Martinho, cuna de Miguel Torga
Afueras de Sao Martinho, cuna de Miguel Torga
Viajamos, con Julio Llamazares, por la "terra quente" (tierra caliente) de la región portuguesa de Trás os Montes. Esta segunda entrada nos lleva de Vila Real a la mágica estación férrea de Pinhão, en el camino hacia el Duero.
"La terra quente", tal es el título de la tercera jornada de Julio Llamazares en su viaje por Tras ós Montes. El escritor sale de Vila Real por la mañana, tras haber dormido en un hotel desde cuya ventana recuerda que el río Corgo no está lejos, "rugiendo bajo los puentes". A caballo de su prosa, que oscila entre la poesía y una narratividad transparente, directa, nos aprestamos a acompañar al escritor por un recorrido que concluirá provisionalmente en Pinhão, junto al Duero. La densidad del libro viajero de Llamazares me obliga a parcelar su contenido, a dosificar tan maravilloso viaje por tierras del Portugal más recóndito y desconocido. Por eso, habrá una tercera entrega en "Letras viajeras" sobre este hermoso libro.

Acompañemos, en tanto, al escritor leonés.

Tras desayunar y orientarse con un mapa y con la experiencia del conserje del hotel, sale a la mañana para dirigirse al Solar de Mateus. Llamazares nos cuenta que se trata de una finca situada "a tres kilómetros en dirección a Sabrosa", poblada de una frondosa vegetación convertida en inmenso jardín, visible desde la carretera, en la que se levanta el Palacio que lleva el nombre de la finca. El viajero dice tener la sensación de haber accedido al escenario de un cuento de hadas. El palacio, cuyo arquitecto fue Nicolau Nasoni, se levanta frente a un estanque romántico con estatuas y nenúfares. Tras abonar 950 escudos, Llamazares entra en el edificio para quedar deslumbrado ante el lujo y el arte que lo pueblan: "esa porcelana china, ese reloja de caoba, ese bargueño labrado o ese manuscrito antiguo que languidece lleno de polvo en un rincón de la biblioteca", escribe. Grabados de Fragonard para la edición de Os Lusíadas, de Camonens, y cartas de quienes recibieron el libro expresando su agradecimiento a los condes. Pero el escritor/viajero es más propenso a los espacios abiertos que a las estancias cerradas, por muy lujosas que éstas sean. Por eso, sale al jardín, donde, a su juicio, se encuentra "lo mejor de Mateus": rosales, magnolios, lilas, el túnel vegetal hecho con pino, los parterres y los estanques parecen celebrar la vida acompañados del canto de una "orquesta" de pájaros.





Con la palabra de Llamazares nos dirigimos, después, a las fragas de Panóias, el santuario situado no lejos del palacio y lugar donde se anuncian vestigios, anteriores a los romanos, que hablan del origen de Portugal. La impresión del viajero, ilustrada por un guía jubilado, pasa del escepticismo al entusiasmo: inscripciones, vasijas, recipientes para enterrar los restos humanos... No tarda en volver a la carretera bajo un "cielo azul y limpio" para atravesar un paisaje lleno de robles y viñas (de ellas sale el vino "mateus") "ya tan maduras que se podrían vendimiar".


De Panóias llegamos a un lugar sagrado para todos los amantes de la literatura: el pueblo donde nació Miguel Torga, el lugar mítico en que se desarrolla su novela autobiográfica y obra maestra La creación del mundo. Santo Martinho de Anta, escribe Llamazares, se encuentra "en medio de los viñedos, en un desvío a la izquierda y detrás del edificio en el que Torga asistió a la escuela". El viajero se enfrentará a la escuela vacía que acogió al Torga niño, caminará por las calles vacías ("es la una y media del mediodía y los vecinos deben de estar comiendo", escribe) y nos cuenta que el pueblo está en fiestas, algo que anuncia un arco de bienvenida.Tras pasar por el Café Pensión Central e informarse de las posibilidades de paseo del pueblo gracias al propietario del Café (que fue amigo de Torga), no dirigimos con él a la casa: "Es una casa pequeña, de apariencia muy humilde y rodeada de un huerto. El mismo huerto que Miguel Torga cruzaba cuando era niño". Después visita la iglesia, camina por las calles de la aldea y culmina el recorrido en el cementerio, donde su halla la tumba del escritor bajo un enorme pino.





Bajo un calor canicular, Llamazares nos llevará hasta Sabrosa, un pueblo que "mira ya al Duero" aun sin dejar del todo el monte. En Sabrosa hablará con bomberos, combate el calor con cerveza y no tarda en dar continuidad al viaje bajando al fondo del valle, hacia Pinhão, ya a la orilla del Duero. Una curiosa visión del pueblo nos cautiva: "Pinhão parece un puerto pesquero; tan ancho baja aquí el río y tan arracimadas están sus casas en torno al embarcadero". Estamos, nos dice Llamazares, en el centro del oporto, el primer vino de Portugal. De allí salían los barcos con uvas y barriles para llevar el vino a otros pagos. Pero no sólo hay barcos en Pinhão: hay una pequeña y decadente estación de ferrocarril que "conserva trodavía el aroma y la prestancia de cuando el tren aún bajaba los convoyes con las uvas hasta Oporto". Letreros hechos en azulejos con escenas de agricultura y pesca singularizan un espacio que al escritor le hace exclamar: "¡Qué hermosa estación es ésta!". Y es allí, en la estación de Pinhão, esperando un tren no tan antiguo como el edificio, donde terminamos por ahora nuestro viaje. Después, vendrán los parajes del Alto Douro, un río en las antípodas del que los lectores conocen de sus caminatas por la Castilla de sus riberas precedentes. Pero en esa lectura nos empeñaremos otro día. Mientras tanto, leamos este hermoso anticipo: "Desde el corazón del río, la sensación de estar en el mar es todavía más fuerte. Con ayuda de los remos, el Barco do Amor se aleja y tomando rumbo al norte, se encamina río arriba, en dirección al puente de hierro, alzando olas a sus costados y dejando poco a poco el casería de Pinhão como los barcos cuando se alejan de los pueblos marineros". Hasta pronto.   



Un rincón de São Martinho do Anca, cuna de Miguel Torga