Eco-Viajes

Hoces del río Riaza. Detalle
Hoces del río Riaza. Detalle
En esta cuarta entrega de la lectura del libro "Corazón de roble", de Ernesto Escapa, seguimos avanzando hacia la desembocadura. Salimos, con él de Peñaranda y terminamos en el mirador de Santa María de Maderuelo.

Nuestras Letras viajeras de hoy llegan del denso libro Corazón de roble, de Ernesto Escapa. Es la cuarta entrega de lectura de ese texto inagotable, una referencia insustituible para recorrer, con la palabra, el itinerario que traza el Duero desde sus orígenes hasta la desembocadura en tierras portuguesas. Vamos de Peñaranda, cruzando pequeños pueblos y aldeas semiabandonadas, hasta las proximidades de Aranda, el centro neurálgico de una extensa comarca marcada por la denominación de origen de los vinos y cierta industrialización. Leamos. Caminemos. 


El viajero Ernesto Escapa ha dejado Peñaranda de Duero y su castillo y sus parajes de monte bajo y grandes llanadas, y se acerca Caleruega, una pequeña ciudad de larga tradición religiosa. Accede a ella desde los Gumieles, desde donde se ve con claridad la Torre de los Guzmanes, centro neurálgico de un complejo de edificios que viene a conformar un espacio conventual regido por los dominicos. El viajero, nos cuenta Escapa, “percibe en toda su magnitud la traza de este Escorial campesino”. Nos avisa, también. de que muy cerca corren las aguas del Río Gomejón dando lugar a un valle al que da nombre el propio río y en el que las huertas y los frutales encuentran acomodo y sombra.


Tras visitar el convento, vamos con él hacia Silos por una carretera en la que no todo es el tradicional paisaje castellano de grandes llanuras y alamedas perdidas. Nos lleva por el desfiladero de La Yecla, al que las gentes llaman “La Cuchillada del Diablo” y que es una sucesión de precipicios en cuyo fondo corre, afirma Escapa, “el arroyo del Cauce”. No tarda en asomar Silos en el horizonte: la ciudad aparece rodeada de “enigmáticas sabinas” y el monasterio de Santo Domingo, no menos enigmático y mucho más cargado de historia, se le revela al lector, en la distancia, por el contorno, delgado y oscuro, lanzado hacia el infinito, del ciprés al que cantara Gerardo Diego en su ya clásico soneto (“Enhiesto surtidor de sombra y sueño…”).



Con Escapa accedemos al claustro románico, nos dejamos cautivar por sus arcadas, por sus capiteles muestra del miniaturismo más delicado de algunos orfebres de los siglos XI y XII, y descubrimos algunas joyas del arte religioso más remoto como el cáliz de Santo Domingo, una filigrana del siglo IX de incalculable valor. Joyas también son los libros que llenan la biblioteca del monasterio, compuesta, según nos cuenta Escapa, por más de cien mil volúmenes, y joya en la que el tiempo se ha remansado de manera muy especial, es la botica: “La rebotica tiene una atmósfera de obrador de alquimista y en ella se disponen alambiques, balanzas, almireces y recipientes de vidrio y cobre para las fórmulas, cuyo secreto guardan unos ficheros antiguos”.



Pero viajar no es detenerse y nuestro autor, tras cautivarnos con su visión del monasterio de Silos, prosigue el viaje por el corazón de Castilla. De Santo Domingo se encamina a un pequeño pueblo, Baños de Valdearados, donde nos muestra los restos de dos villas romanas de entre los siglos IV y VI, y de Baños nos lleva, de la mano de su palabra, a Sinovas y se detiene con nosotros ante la iglesia de San Nicolás para contarnos la peripecia de un retablo gótico que ya no está: fue vendido en 1913 por su párroco por diez mil pesetas y años después, el escritor argentino Enrique Larreta lo compró en París: desde entonces decora su casa de Buenos Aires. Una muestra más del despojamiento de nuestro patrimonio artístico a lo largo de los siglos.


Escapa regresa a la orilla del Duero al continuar su camino para, después de dejar atrás pueblos que asoman a su afluente Arandilla (Quemadas, Zazuar, San Juan del Monte), acercarse a Vadocontes, “un pueblo hermoso que concentra su belleza en la plaza del rollo y fue pionero en el provecho de los regadíos”. Pronto el lector se da cuenta de que el viajero está internándose en la comarca en que se encuentra el pueblo segoviano de Riaza, entre la Serrezuela y la ribera del Duero. Deja atrás Fuentecésped y se dirije a “Las hoces de los buitres” o de Riaza (“un paisaje de cantiles y desfiladeros excavado en la roca”), un escenario de inmensos roquedales volcadas sobre el río del mismo nombre tras circundar, asombrado, el perfil amurallado de Maderuelo rodeando el embalse de Linares e internarse, no menos asombrado, en un bosque (el enebral de Hornuez, “un bosque encantado”) para llegar, remontando cuesta, a la fiesta de la piedra y de los siglos en que el paso del tiempo ha convertido al pueblo cuyas murallas se veían desde abajo.



Termina nuestro autor la etapa allá arriba, en el mirador de Maderuelo: “Para calmar anhelos, el mirador de Santa María ofrece la mejor despedida: abajo, el embalse del que emerge un espolón del puente romano y al otro lado, cobijada por una arboleda, la ermita de la Vera Cruz”. Y ahí lo dejamos. Por el momento.