Cascada "El Peñón". En Pedrosa de la Tobalina
Cascada "El Peñón". En Pedrosa de la Tobalina

Con Ridruejo hemos recorrido las provincias castellanas de Soria y Segovia. Esta vez nos adentramos por la realidad de la provincia de Brugos en la ya lejana década de los 60 del pasado siglo. En el Burgos de las merindades, en el más norteño.

En el verano de 2016 recorrí una parte de las Merindades burgalesas. Una tierra poco conocida, en la que se extiende la frontera de la comunidad castellano leonesa con Cantabria, una “Castilla otra” en la que nunca antes había estado (cruzarla de camino a Cantabria o a Euskadi no es estar). Desde entonces ha pasado algo más de un año y ha sido al leer el volumen que Dionisio Ridruejo, en su ya clásica Guía de Castilla la Vieja, dedica a Burgos, cuando he sido plenamente consciente de la singularidad y belleza de esas tierras.

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Nos cuenta el autor, antes de echarnos al camino, que en la década de los sesenta del pasado siglo, cuando recorrió la provincia, ésta la poblaban 390.000 habitantes, es decir, 20.000 más que en este siglo. En otras palabras:  a lo largo de los últimos cincuenta años ha perdido población, una pérdida que se ha ceñido casi en exclusiva al entorno rural,a los inmensos espacios entre esteparios, agrícolas y ribereños, que alejan a la provincia de los únicos núcleos de población que han crecido en ese tiempo: Burgos capital, Aranda de Duero, Miranda de Ebro, espacios de industria y expansión, lugares en los que la modernidad, entendida en sentido amplio, ha logrado afincarse con todas sus consecuencias. 

El autor nos descubre un mundo muy distinto al que convencionalmente asociamos a Castilla

Burgos del norte (cabría decir “el de más al norte”) es, en buena medida, un Burgos oculto que en la década de los sesenta del pasado siglo se pateó el escritor soriano para dejar constancia de la cotidianidad, todavía con un pie en la era preindustrial, de sus pueblos y ciudades. La lectura de Burgos, especialmente de los capítulos dedicados a las Merindades, nos coloca ante una riquísima fuente de sorpresas. Inicia el autor el viaje adentrándose en lo que llama la “Castilla del Ebro” visitando Orbaneja del Castillo, allá donde el citado río experimenta “uno de los estrechamientos más espectaculares de su curso”. Tudanca, el alto de San Cristóbal, el valle de Valdivieso, el de Cereceda, la sierra de Tesla serán las estaciones de paso posteriores hasta situarse en las cercanías del pequeño pueblo de Traspaderne, donde el Ebro “recibe casi todas las aguas de las merindades con las del Losa o Jerea y el Lena”. El poeta recorre ese territorio descubriéndonos un mundo muy alejado de lo que convencionalmente entendemos por Castilla. Son parajes verdes gracias a las aguas del río mayor de la Península (“un país extraordinariamente ameno”, escribe) y de una orografía enormemente variada.

Enfila la carretera que une Burgos con Santander “bordeando el valle de Zamanzas”, cruza bajo la sombra de castillos centenarios y acaba por bordear el pantano cerca de Arija hasta adentrarse en el “Páramo alto”, cuando la carretera huye hacia el puerto del Escudo.

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La alusión al pueblo de Corconte lleva a este lector a recordar el viaje que referí al principio y a detenerme en los días de estancia en el balneario que lleva el nombre de la localidad. Recuerdo que estaba volcado sobre la cola del embalse, recuerdo su vetustez remozada a medias pero que, con sus viejas estancias y pasillos y  habitaciones, con la embocadura de la escalera interior, decorada con grabados y fotografías de una supuesta edad de oro del balneario (principios de siglo, visita de nobles y monarcas, entre ellos Alfonso XIII), parecía una incrustación del pasado en este tiempo de urgencias y redes sociales.

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De Corconte a Cabañas de Virtus, un “pueblo frescamente montañés”, por el camino más pedregoso, es decir, a través de un páramo situado en la altura y en la soledad más absoluta. Ridruejo nos lo describe de un modo tan realista como teñido por su propensión a la poesía: “El paisaje es de una soledad impresionante. En aquella plataforma calcárea algunos hambres han encontrado la manera de sembrar centeno, pero reina en ella sobre todo el cardo espinoso y la roca deshecha por el frío”. Son lugares perdidos, sometidos a un clima extremo en los que la naturaleza sólo ha cambiado levemente y gracias a la acción benefactora del hombre en su condición de agricultor, campesino o caminante. Es una Castilla rara y variada que se amansa en Villarcayo, ciudad relativamente moderna, bañada por el río Nela —“el agua ríe por todas partes y levanta sotos y arboledas que alegran el corazón”— y en la que además se advierte un poso de la vida provinciana y  próxima con la que los escritores crecidos en una gran ciudad como Madrid hemos soñado en no pocas ocasiones.

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Ridruejo es un escritor meticuloso y detallista. En sus libros (y éste no es una excepción) no deja pueblo sin nombrar, monumento sin recrear ni accidente natural sin tamizar con la experiencia humana, con el aliento de quienes le otorgan vida y trascendencia. Nos cuenta que desde Villarcayo se pueden visitar, de manera más o menos directa, “las merindades altas”: Montija, Salazar, Sotoscueva (que tiene estación de tren y por la que pasa el viejo “hullero” o el moderno ferrocarril Bilbao - La Robla del que escribiera Juan Pedro Aparicio), el cuasi nobiliario Espinosa de los Monteros, con tantas resonancias cinegéticas y aristocráticas, hasta llegar a las “iglesitas románicas más o menos estropeadas” de Agüera y San Pelayo, a las puertas del valle de Mena, casi una incrustación de Euskadi en la Castilla burgalesa.

En la merindad de Sotoscueva, el poeta nos invita a gozar de la visión de una ermita excavada en la roca, la cueva ermita de San Bernabé y el monumento natural de Ojo Guareña. Y el texto nos envuelve para adentrarnos en una comarca (“Toda esta tierra es ganadera y fresca”, leemos) que será la antesala del valle de Mena, un territorio que se extiende alrededor del río Cadagua. Avanzamos con el autor entre altas montañas y hondonadas llenas de vegetación, ya que “por todas partes crecen robles, nogales y castaños o se cultivan árboles frutales que tienen una primavera alegre y delicada”, y un pueblo emblemático, que es capital del valle, Villasana, y preámbulo del encuentro con la iglesia románica de Vallejo. Ridruejo nos cuenta que en los montes que rodean el valle hubo al menos 500 ermitas, de las que se conservan muy pocas, y que se prodigaron, en un tiempo remoto, las ferrerías en la que los “ferreros” aprovechaban la abundante leña de los montes para domeñar el hierro y los metales.

En la merindad de Sotoscueva, el poeta nos invita a gozar de la visión de una ermita excavada en la roca, la cueva ermita de San Bernabé y el monumento natural de Ojo Guareña.

Del valle de Mena nos iremos al de Losa, separado de aquel por el Monte de la Peña, e iremos descendiendo hacia el sur y hacia una vegetación menos abundante. En la lectura (y en el viaje) nos familiarizaremos con nombres de lugares y pueblos con un profundo sabor a castellano viejo: puertos de Angulo y Orduña, Valdegovia o Valpuesta, Quitanilla la Ojada, Castrobarto y Quincoces… hasta llegar a la merindad de Montija, en la que la aldea de Tabliega nos mostrará su pequeña iglesia románica, que “está casi completa, salvo pequeñas profanaciones que la cal y el yeso han consumado en su interior”. Será el prólogo que nos sitúa en una villa con profundas raíces en la historia de Burgos y de Castilla, Medina de Pomar. Lo primero que destaca Ridruejo es el castillo de los Velasco presidiendo el pueblo. El dibujo que hace en su libro sobre su estado en los años sesenta es desolador. Alude a la aceptable condición de las almenas y de la zona exterior y al derrumbamiento de la cubierta del espacio central, “que ha desaparecido”. En mi viaje de hace dos años pude visitar un castillo completamente rehabilitado, con sus espacios centrales hábiles para el desarrollo de todo tipo de actividad cultural. Mediana de Pomar se le aparece a Ridruejo como un pueblo con actividad, vivo, pero, a la vez, con todos los ingredientes propios de la cotidianidad de una ciudad que se resiste a mirar al futuro. Como si la piedra y los restos monumentales de otra época condicionaran a sus habitantes: el gótico de los conventos de Santa Clara y de San Francisco (del que, por cierto, hoy, según cuenta en nota al pie el editor, “solo queda un muro en pie”), los obligados soportales de la Plaza Mayor, los restos de la judería, la “buena sillería con blasones” de la multitud de edificios de pasado nobiliario.

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Medina de Pomar será estación de paso, en este recorrido por la “Castilla del Ebro”, hacia la merindad de Cuesta Ubría, al Valle de Valdivieso (“es idílico, primaveral, tibio y frondoso, con mucha flor que las abejas transforman en miel y con tanta piedra noble como el anticuario más exigente pudiera desear”), y, después de subir la cuesta de la Mazorra, situarse en Dobro, un pueblecito al que salva de la irrelevancia y del olvido, con su mera cita, nuestro poeta, y llegar a Pesquera de Ebro. Allí nos quedaremos por el momento. Después vendrá la merindad de Sedano, nombre tan vinculado a las estancias veraniegas de Miguel Delibes como a una Castilla de páramo y surco. Pero esa es ya otra historia.