Plaza del Oeste salmantina - Fotos: Pepo Paz Saz
Plaza del Oeste salmantina - Fotos: Pepo Paz Saz
La Zona Oeste, es decir, la popular barriada que crece alrededor de la Plaza del Oeste de Salamanca es ejemplo de movimiento vecinal en la España del siglo XXI.

 

Hace unos años tuve ocasión de leer en el magnífico blog personal de Manuel Rico, colaborador habitual de Eco-Viajes y su blogosfera, la historia de lo sucedido a mediados de la década de los setenta en el madrileño barrio de Portugalete. Una historia vinculada con el movimiento vecinal y las demandas soterradas de cultura, libertad y democracia en la que algunos de los habitantes de una ciudad desgarbada como el Madrid del final de la dictadura fueron protagonistas.

 

Ilustrado con fotografías tomadas por él mismo y escaneadas, mucho después, desde un papel fotográfico descolorido por el paso de los años, Manuel Rico relata en su blog cómo los muros y tapias del barrio se iluminaron con los murales que algunos destacados artistas plásticos pintaron durante unos días en sus paredes. Entre aquellos jóvenes -o ya maduros- artistas se encontraban Juan Genovés, Lucio Muñoz, Ricardo Zamorano (quién, muchísimos años después ilustró nuestro primer libro de la poeta Angelina Gatell publicado en la colección Bartleby Poesía), Arcadio Blasco, Santacatalina... En fin, muchos otros nombres de una nómina de pintores y dibujantes que luego consolidarían su obra pictórica y que, en aquellos años de sueños de juventud y esperanzas colectivas, contribuyeron a lavar la cara de este barrio de la periferia madrileña tan cercano a otro sueño en positivo: la Ciudad Lineal de Arturo Soria. Un barrio de viviendas bajas, levantadas muchas veces con materiales escamoteados al derribo, y de calles sin asfaltar siempre embarradas. Calles de fuentes públicas y oscuros descampados que la voracidad urbanística de una ciudad en ebullición acabó borrando con el devenir de los tiempos.

 

 

Construímos la ciudad a partir de los recuerdos de otros, de sus fotografías y palabras prestadas. Meses atrás me tropecé casualmente en un bar de la calle Napolés, en pleno barrio de La Esperanza, al que pertenecería hoy -si no hubiera desaparecido- el de Portugalete, con una exposición fotográfica montada a partir de los retales que los vecinos habían aportado a la Junta Municipal para editar un libro sobre la historia del barrio. Eran añejas fotografías en blanco y negro de un barrio de extrarradio en construcción. Fotografías, muchas de ellas, con una calidad envidiable que retrataban la vida en una comunidad de aluvión. Muchas de ellas casarían en fecha con los años setenta. Alguna tal vez, las más viejas, con los sesenta. En todas, el horizonte despejado de los eriales que conducían al cementerio de Canillas, sus cipreses, las casas bajas con tapiales de ladrillo: el retrato de una España de andamio y barrizal que despertaba a la democracia poco a poco.

 

Expuestas en las paredes de este bar abierto en otra de aquellas viejas viviendas, de las pocas que aún quedan en pie, entre el olor a fritanga y el sonido impreciso de las conversaciones cruzadas, recordé cuando de niño atravesaba muy cerca de allí en el coche familiar por la calle del Carril del Conde para enfilar la carretera de Canillas, el pueblo de Hortaleza y, más allá de toda urbanización, el poblado de las Cárcavas, donde vivía mi abuelo paterno. Mi infancia son, pues, recuerdos de secarrales apenas iluminados en la noche por luces solitarias, de un elevado terreno en permanente barbecho, de las torres de ladrillo rojo del cercano barrio de Santa María. Recuerdos del chaval que capturaba grillos y se asustaba al escuchar las andanzas de un temible Hombre del saco relatadas por mi abuelo en las noches del invierno del extrarradio de una ciudad que ya tampoco existe.

 

 

Por todo ello me interesó mucho la historia del ZOES de Salamanca: el barrio del Oeste de la capital salmantina cuando, la pasada primavera, visité durante unos días la ciudad para preparar uno de los reportajes de tapas por ciudades españolas que publico habitualmente en la revista DeViajes. Una amiga me habló del lugar, de la actividad vecinal, de la ruptura que supone con esa imagen de capital sosegada y monumental que tiene Salamanca. Así que tomé nota, marqué sobre el plano de la ciudad y reservé la mañana de mi último día allí para dejar el centro, sus terrazas, el bullicio en suma y, después de hacer tiempo en otro bar semi desierto, caminé hasta la plaza del Oeste, centro del territorio a explorar.

 

 

He leído después, a través de la web de la Asociación de Vecinos Zona Oeste el devenir de la barriada a los largo de los últimos 50 años. Sus paralelismos con los del desaparecido barrio de Portugalete, en Madrid. Cómo el urbanismo mentecato de los años sesenta y setenta hincó la piqueta en lo que era un modesto enclave de viviendas unifamiliares para construir, con el desorden del torbellino, otro típico conglomerado de viviendas de aluvión exento de cualquiera de los servicios básicos. La concienciación vecinal, iniciada también por un párroco, décadas atrás, a mediados de los setenta. Las conquistas logradas. Y la actividad lúdico-cultural iniciada hace ya cuatro años por la Asociación de Vecinos para "hacer barrio", es decir, "crear un lugar que sientan como propio" a través de la participación de todos ellos.

 

 

La iniciativa de iluminar las calles, fachadas y puertas de garajes, a través del arte urbano de alumnos de la escuela de Bellas Artes, ya sea con obras de grafiti o con fotografías a gran formato, recuerda (y mucho) a la que relataba Manuel Rico en su blog. Trasladada a la primera década de este siglo XXI y acompañada de multitud de actividades culturales que buscan insuflar vida a las calles y comercios del barrio, la iniciativa de la ZOES merece desde entonces la atención de periódicos regionales y nacionales. Y merece, también, que el viajero que llega en estos días a Salamanca reserve algún rato de su escapada para alejarse de ese imán que es la Plaza Mayor salmantina y se acerque a otra plaza, la del Oeste, con menos historia, sí, pero con mucho presente. Otra manera de justificar el movimiento como viaje. No os defraudará.