Fotograma de "O los tres o ninguno"
Fotograma de "O los tres o ninguno"

Pasear por las calles de Mogarraz es un ejercicio de memoria colectiva. La exposición de retratos de Florencio Maíllo sigue creciendo tres años y medio después de su inauguración.

 

Nous trois ou rien es el título original del primer largometraje del humorista franco-iraní Kheiron, una película que acaba de llegar a las pantallas españolas tras su arrollador debut en el país vecino. O los tres o ninguno recrea la vida de los padres del cineasta, exiliados en Francia huyendo del Irán del fundamentalismo de Jomeini por su militancia en el Partido Comunista tras haber sufrido, previamente, la represión y tortura ejercida por los esbirros del Sha de Persia. Recorre, así, buena parte de los años más sangrientos de la segunda mitad del siglo XX iraní para desembocar en el doble exilio francés, los conflictos de la integración multicultural y racial en la periferia parisina, la experiencia vivida en el llamado Barrio de los Poetas de la ciudad de Stains.

 

Me emociono, río y lloro, mientras asisto a la proyección del film en la pequeña sala semidesierta de los cines Groucho de Santander, ciudad hasta donde me han traído -por segunda vez en apenas dos semanas- mis tareas como colaborador de la revista DeViajes. La tarde es lluviosa, gris y no hay nada mejor como acomodarse en el regazo de esta pequeña sala superviviente de la época dorada de los cines en versión original. Salas que van desapareciendo como las abejas en el campo y los lectores en las librerías. La película de Kheiron toma especial significado en estos tiempos de migraciones colectivas, de miseria en las alambradas, de inoperancia de los gobiernos europeos frente al drama de los refugiados, de los ahogados en ese cementerio de sal en lo que se ha convertido el Mediterráneo y de los subsaharianos que se agolpan frente a las cuchillas de Ceuta y Melilla.

 

Leo, ahora, críticas apresuradas de la película, sopeso las palabras de otros, el eco que encuentran en mí desde la soledad de la habitación del hostal santanderino. Kheiron hace un homenaje a la integridad moral del padre y al ánimo inquebrantable de la madre, a su incombustible voluntad. Aplica su mirada de humorista e hila el relato pespunteando los tabúes familiares y las torturas en las cárceles del Sha, mostrando sin tapujos cómo la revolución de los ayatolás frustró las esperanzas de libertad de una sociedad laica y, en gran medida, anticipó los tiempos turbulentos en los que transitan nuestros días.

 

Pero Kheiron hace también un retrato de los suburbios parisinos que es un elogio del equilibrio: cuando lo imposible se torna habitable. Un relato que se ve ilustrado al final de la película en los muros del Barrio de los Poetas de Stains con el trabajo de un artista anónimo que fotografía en gran formato a los habitantes de la cuadrícula y que enlaza en mi memoria visual con otras iniciativas parecidas en el Barrio de El Carme de la capital valenciana o en el del Oeste, en Salamanca, pero que me retrotraen sobre todo al trabajo pictórico de Fernando Maíllo en las calles de Mogarraz y su exposición Retrata2, inaugurada allá por el año 2012.

 

exposicion-retrata2-fernando-maillo

 

Arte para la memoria. A Mogarraz llegué por última vez a comienzos de marzo de este año. Es, posiblemente, el pueblo más bello de la Sierra de Francia. Y desde que se inauguró la exposición de Maillo, el turista ya no desembarca tan sólo para pasear por sus calles desiertas y admirar, entre selfies y elogios al jamón que se cura por estas tierras, la vetusta arquitectura serrana o condenar el frío que sopla desde la Peña de Francia o desde el nevado telón de fondo que ofrece, al sur del caserío, la cerviz nevada de la Sierra de Béjar. exposicion-retrata2-fernando-maillo2Hasta aquí vienen los turistas desde hace ya más de tres años para contemplar y admirar el trabajo de Maíllo, los retratos colgados en las fachadas de aquellos 388 habitantes que en octubre de 1967 posaron ante la cámara amateur de Alejando Martín Criado a efectos administrativos: así los mogarreños no tendrían que desplazarse hasta Béjar para poder hacerse el documento nacional de identidad. Fernando Maíllo se comprometió artísticamente con su pueblo natal a hacer memoria del arte y reproducir sobre planchas metálicas con la técnica de la encáustica –a fin de garantizar su resistencia a las inclemencias meteorológicas- los retratos de Martín Criado.

 

Durante los dos días que pasé en la Sierra de Francia pude verificar la vieja máxima que nos corroe en forma de pecado capital: en ninguno de los pueblos de los alrededores donde pregunté por la iniciativa pictórica estaban con ella. Y a mí, viajero extraño, por el contrario, me pareció una manera impecable de insuflar vida al pueblo. Primero lo recorrí fotografiando las pinturas y las esquinas más pintorescas pero luego, bien avanzada la noche, me adentré en sus soledades para pasear en silencio y, lejos de dejarme llevar por la desolación o el temor, a medida que recorría las calles desiertas me fue ganando una extraña confianza: la sensación de estar haciendo un paseo acompañado.

 

Decía Maíllo en una entrevista publicada en 2012 en la revista Culturamas: “el hecho de poder recordar la memoria de mi pueblo hace que los que vivimos estemos implicados en cultivar la memoria de lo que éramos”. Somos lo que éramos y seremos lo que fuimos. Las calles de Stains, del barrio de El Carme o de la ZOES salmantina, las callejas serranas de Mogarraz, son muestras de un arte aliado de la memoria. Muchos de los mogarreños retratados nos contemplan ya desde el otro barrio y, sin embargo, aquí están con sus oficios, sus empleos, la franca sonrisa o el gesto impertérrito y frío ante la cámara. Vayan a Mogarraz, disfruten de Retrata2, una muestra que sigue creciendo con el beneplácito general y el estupor de unos cuantos. Bienvenidos a Mogarraz, el pueblo habitado.