Eco-Viajes

El Tren de la Fresa retorna al Real Sitio de Aranjuez

El próximo 1 de septiembre el Tren de la Fresa reanuda sus viajes de época tras el parón del mes de agosto. Hasta finales de octubre, y durante los fines de semana, recorrerá de nuevo el trayecto entre las estaciones de Delicias y Aranjuez tirado por una locomotora de vapor. Vuelve un clásico del turismo madrileño con su nostalgia del tren.

Locomotora del Tren de la Fresa
Locomotora del Tren de la Fresa

Sábado, 9:30 h. El Museo del Ferrocarril, en la antigua estación madrileña de las Delicias, parece una cápsula del tiempo. A dos pasos, encajonada entre un Paseo de las Delicias casi desierto a estas horas de la mañana de un sábado estival y la calle Ramírez de Prado (con algunos bares echando a andar la jornada), la homónima estación de Cercanías de Renfe es la puerta a este lado del mundo. Por sus andenes circulan apenas un puñado de transeuntes adormilados.

Para llegar a la antigua estación hay que cruzar la calle y descender por una rampa empedrada que bordea un viejo bloque de viviendas y una residencia de religiosas desde donde llegan, amortiguados, los cantos de una liturgia. Algo bulle en el aire cuando surge la espléndida fachada acristalada de la vieja estación. Delicias, kilómetro cero del Tren de la Fresa.

9:40 h. La madrileña estación de Delicias, en esta mañana veraniega, rezuma el espeso olor del humo del carbón de la vieja locomotora 140-2054 (la única de vapor con ancho ibérico que se mantiene en funcionamiento). El humo adensa la luz que se cuela por entre la estructura de hierro de la marquesina de la estación, inaugurada en 1880 por Alfonso XII y su esposa María Cristina, y convierte en un escenario en blanco y negro al andén junto al que se alinean los coches de época y los pasajeros. Hacemos cola para pasar el control de billetes. A nuestra derecha, los dos coches de época que componen el convoy. Corazón de hierro y madera.

Locomotora del Tren de la Fresa9:50 h. Los pasajeros se acomodan en el interior de los coches. Cada vagón cuenta con un aparato de aire acondicionado y asientos de madera. A través de las ventanillas apenas se divisan los otros trenes definitivamente aparcados en los andenes en desuso del Museo del Ferrocarril. Hay inquietud entre la chiquillería. Los mayores desenfundan sus teléfonos móviles para fotografiarlo todo.

10:00 h. El tren emprende su marcha mientras la locomotora a vapor ensucia el brillante cielo azul madrileño con sus vaharadas de humo negro y carbonilla. Atravesamos a poca velocidad los accesos que vigila la policia municipal hacia la línea de Cercanías, por la que discurrirá el viaje. Nos hacemos a la idea de circular por la segunda línea férrea más antigua de España, la que inauguró la reina Isabel II el 9 de febrero de 1851 entre Madrid y el Real Sitio de Aranjuez. En realidad el paisaje es un babel de instalaciones ferroviarias, edificios de estilo racionalista que ejercen de mudos testigos, tendidos eléctricos y modernas barriadas. El sonido del convoy recuerda, por momentos, al de los vagones de metro que recorrían antaño la línea 2 de Madrid, con su traquetreo y quejidos. Aquellos vagones con "asientos reservados para los caballeros mutilados". Ataque de vejez...

10:05 h. La tripulación del tren, tres jóvenes ataviadas de época, comienza a repartir las fresitas. Vienen empaquetadas en pequeños recipientes de plástico transparente. Perlas rojas de dulzor. La gente se mata a hacer fotos del momento. Un laberinto bullicioso de voces y pequeños gritos abosrbe, por momentos, el traquetreo de los vagones.

10:12 h. Cruzamos el entronque entre las carreteras M-40 y A-4. El horizonte del tren es un embrollo de muros de hormigón repletos de grafitis, estaciones de Cercanías, recovecos de asfalto y miradas atónitas o acostumbradas al paso de la humeante locomotora. La lucha entre las desmañadas instalaciones reconvertidas y las modernas infraestructras de ADIF: una batalla perdida por el ladrillo visto. En Villaverde la vista se transmuta en barriada popular y el convoy es ahora un aletargado dinosaurio al que adelanta, seis minutos después, un veloz Altaria.

10:21 h. San Cristóbal Industrial. En el interior de los coches reina la tranquilidad, tras el bullicio inicial. La tripulación reparte folletos turísticos sobre nuestro destino: Aranjuez. Atravesamos un paisaje de modernas barriadas levantadas en los últimos estertores de la burbuja inmobiliaria, oasis en tierra de nadie, terraplenes con hierba agostada, traviesas de madera abandonadas en los desmontes de la plataforma. Al fin pruebo las fresitas que me ofrecen: un universo de dulzura para borrar el poso de la carbonilla pegado al paladar (el tributo a pagar por el viajero curioso).

10:46 h. Estación de Valdemoro. Nos informan de que hay una parada técnica para esperar el paso de otro tren. Algunos viajeros se asoman al exterior de los vagones. Tabletas, consolas y móviles pueblan los huecos que dejan en sus asientos de madera. La espera se hace larga en la calurosa mañana pero, al fin, el convoy restablece la marcha. El cielo vuelve a emborronarse con el movimiento del tren y sus balbuceos humeantes.

11:10 h. Atravesamos al tran-tran la estación de Ciempozuelos. Cambia el paisaje, salteado de pinos, olivos y, al fin, a nuestra izquierda, la vega de los ríos Jarama y Tajuña, con pequeños huertos, maizales, exhaustos almendros y el aliento gris del teso yesífero a la derecha de la vía. A lo lejos queda el perfil acastillado de Titulcia. La vista se inunda de señales de un universo rural, lejos ya del área metropolitana.

11:17 h. En la carretera, a la derecha, se divisa el cartel que indica que atravesamos la linde provincial. El tren se encuentra ya en Toledo, anticipando su final entre la cada vez más abundante vegetación de ribera. Se cruza el Jarama por un viejo puente de hierro. Al poco, las aguas grises del Tajo quedan bajo el paso del convoy, que aminora la marcha.

11:30 h. La locomotora detiene su marcha en la estación de Aranjuez. De estilo neomudéjar, el edificio principal (construido en 1922) acaba de ser rehabilitado. Los viajeros descienden y se agrupan en el vestíbulo principal. El horario de visitas al Palacio Real divide definitivamente al grupo, que ya no se reunirá hasta la hora del regreso, por la tarde, en idéntico escenario. Caminamos hacia los autobuses.

Jardín del Príncipe - Aranjuez11:50 h. El primer grupo hace su entrada en el Palacio Real bajo un sol de justicia. Se pasa el control de seguridad y dejamos las mochilas y el equipo fotográfico en la consigna. Toca esperar luego en un gran vestíbulo, junto a la escalinata de entrada interior a la residencia palaciega, perdidos entre los ecos de las pisadas y las voces. La escalera es de estilo barroco norteitaliano, de mediados del siglo XVIII, con peldaños de una sola pieza de piedra caliza de Colmenar de Oreja. Al rato llega la guía.

12:08 h. El recorrido comienza por la sala de Alabarderos, de la época de los primeros Habsburgo, decorada con grandes tapices con motivos mitológicos. Recorremos quince estancias del Palacio Real, incluida la espectacular sala de porcelanas, de la época de Carlos III, obra de la desaparecida Real Fábrica de Porcelana del Retiro. El frustrado sueño de la razón ilustrada en nuestro país.

12:50 h. El grupo llega al Cuerpo de Guardia de la Reina, última etapa de la visita guiada. A partir de aquí el paseo por Aranjuez es libre. Esperan los Jardines de La Isla, rodeados por las aguas del Tajo y un canal, la más bella muestra del gusto por las zonas ajardinadas de los Austrias y, al calor del estío, un soplo de frescor que ayuda a recuperar el aliento y el ánimo.

13:15 h. Deambular por el casco antiguo de Aranjuez: una delicia barroca. Hay que buscar las sombras. Declarado Área Histórico-Artística está repleto de palacios, monumentales plazas, rincones recoletos y muchas sorpresas. también de lugares donde tapear ubicados entre el Mercado de Abastos y el coso taurino. El viajero acaba ante la barra del gastrobar Almibar. La culpa la tiene una deliciosa tapa de codorniz con ñoquis de patata (5 €).

14:00 h. El calor aprieta y el viajero encuentra otro pequeño oasis donde buscar refugio: es el café-Librería Ateneo, a dos pasos de la plaza de toros (una de las visitas optativas, y con descuento, para los pasajeros del Tren de la Fresa. Carlos y Adriana regentan este café desde octubre de 2011, un espacio para la cultura independiente en la ciudad. Un oasis, ciertamente.

16:00 h. Paseo por los Jardínes del Príncipe hasta el Museo de Falúas Reales, uno de los grandes tesoros del Real Sitio: es el momento de dejar volar la imaginación y vislumbrar las batallas navales sobre el canal del Tajo. Otra delicia barroca.

17:45 h. Cita para el retorno en el punto de encuentro. Rostros de cansancio por el calor. Ya en la estación, con la locomotora al ralentí, es el momento de fotografiarse junto a los maquinistas, anticipo del punto y final.

18:45 h. El tren inicia el camino de retorno. Las bocanadas de humo negro se despiden de la vega del Tajo arrastrando sus panzudas sombras sobre los campos segados, el río y los caminos. El convoy coge velocidad progresivamente (máximo de 55 km/h). Atrás van quedando acequias, campos en barbecho y huertos. El puente de hierro sobre el Jarama. La metrópoli es nuestro destino final.